CUENTO DE UN
ATARDECER
Dejadme que os
cuente una historia. La de una niña que nació en una familia humilde. Era la
menor de tres hermanos, y aunque fue a la escuela, pronto las necesidades
familiares hicieron que tuviera que dejar los estudios para ponerse a trabajar
limpiando el horno de una panadería.
En aquella juventud
marcada por la pobreza, ella fue forjando su carácter, y la vida la hizo
valiente y traviesa, capaz de pelearse y ganar a otros niños que la superaban
en fuerza, pero no en coraje.
Una navidad, en
la misa del gallo, conoció a un chico, tres años mayor que ella, que no dejaba
de mirarla, en un primer intento de acercarse a ella fue rechazado, pero no se
dio por vencido y siguió intentando conquistarla hasta que, finalmente,
consiguió llevarse el corazón de aquella joven.
Tras diez años
de noviazgo, se casaron y siete años después tuvieron un hijo, pero aquella
época no sería sencilla, pues el niño vino al mundo con la cadera rota y tenía
que llevar un aparato en las piernas, para solucionar el problema de la cadera.
El niño no podía dormir en la cuna porque le hacía daño el aparato que llevaba,
y su madre tenía que dormir con él en una mecedora durante un año para que se
le corrigiese el problema de cadera. Pero eso no fue todo… a su marido le
habían detectado un tumor cerebral en etapa avanzada y tenían que operarlo.
Cuando faltaban quince días para que su hijo cumpliera su primer año de edad su
padre falleció, y su madre sacó el coraje suficiente para cumplir una doble
labor: la de madre y padre.
Aquella niña,
ahora mujer, jamás logró recuperarse de aquel temprano mazazo que le había
asestado la vida, y durante los años siguientes caería en una cruel depresión,
pero aquello no le impidió trabajar fregando suelos para que a su hijo no le
faltase de nada.
Posteriormente,
la vida volvería a dejar su marca, arrebatándole, en el periodo de un mes y
medio, a su hermana y su madre, lo cual sería el empujón definitivo para
agravar su depresión y transformar, así, aquella enfermedad en algo peor como
es la esquizofrenia paranoide.
Ella nunca
estuvo sola, y siguió luchando, siempre, por sacar a su hijo adelante, le dio
algo de lo que siempre se enorgullecía, a la vez que recordaba, el elevado
coste que le había supuesto el hecho de que su hijo obtuviese una carrera
universitaria.
La nueva
enfermedad, hizo que para mucha gente le causase rechazo, y no supieran
entender y aceptar su nuevo estado. Su hijo, entonces, se propuso tomar su
relevo y cuidar de ella para que nunca le faltase nada. Él había heredado el
carácter valiente de ella que lo hizo enfrentarse contra todo y contra todos
por ella, sólo por mantener intacto lo que ella representaba para él. Había sido,
sin duda, la mujer que había marcado su vida, la única persona capaz de
acariciar su alma y calmar toda la rabia e impotencia que este sentía ante el
incompresible rechazo social, que su madre causaba a gente que ni si quiera la
conocían, pero simplemente, se dedicaban a etiquetarla negativamente por su
enfermedad.
Mientras su hijo
trabajaba, ella había ingresado en un centro de día, especializado en
enfermedades mentales, y consiguió ser feliz allí, relacionándose con sus
nuevos compañeros que no tardaron en acogerla como una madre para muchos de
ellos y una gran amiga para otros.
Aquel joven
niño frágil, ahora se había transformado en un hombre con la fuerza necesaria
para no temer nada, ella se había convertido en la razón de su existencia
porque, sólo ella, con una simple sonrisa hacía que olvidase un mal día en el
trabajo, porque ella siempre era extremadamente cariñosa y bondadosa con todo
el mundo. En ella no había maldad alguna. Siempre tenía reservado el mejor de
los besos que una madre podía dar a su hijo.
Tras años
conviviendo con la enfermedad, un día ella tuvo una crisis fatal que hizo que
estuviera hospitalizada treinta y cinco días. Finalmente obtuvo el alta, y
cuando todos creíamos que habíamos esquivado otra bala, llegó el destino y, a traición,
arrebató la vida de aquella mujer luchadora que había logrado convertirse en
una madre coraje, y dos días después de recibir el alta médica falleció…
A fecha de
hoy, sigo recordándola todos los días, porque yo era aquel niño que nació con
la cadera rota, y la niña que creció y se pasó la vida luchando por mí, era mi
madre.
Autor: José Sánchez Llamas.

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